domingo, 15 de mayo de 2011

La infancia es de todos

Sin duda hay un retorno. Siempre hay un retorno.

Pienso en aquellas tardes y en aquellos lugares de mi infancia.

Pienso en mis árboles y animales sagrados, en mis juegos, en mi disco de pasta de Pinocho.



Recuerdos o imágenes difusas pero intactas en el alma, fotos que han perdido su intensidad con el paso del tiempo, pero que no han perdido la imagen que se guarda en el centro (“compartimento estanco” diría mi viejo) de mi memoria.

Por momentos vuelve la misma felicidad y hasta llegan los sonidos agudos del “a comeeer…” de mi madre, llegan los olores de aquellas comidas sagradas de la abuela, los domingos y las siestas de los mayores para que empezaran las travesuras que compartíamos con los primos, que más que primos eran compinches, hermanos, confidentes.

Y lo más maravilloso que tenía la infancia: esa sensación y esa creencia o fe ciega de que todo estaba ahí, al alcance de nuestras manos, que más allá de tu casa, los otros amiguitos, los otros vecinos, los otros desconocidos, también eran felices como vos, también tenían sus juegos y su música, sus primos y sus abuelos y sus travesuras. Claro, porque vos no entendías de sufrimientos ni de dolores profundos; uno de tus mayores dolores debe haber sido el entierro del pajarito que mató con la gomera tu hermano y vos lo velabas y lo enterrabas con mil honores. No entendías de otro dolor, no sabías que había niños sin infancia o con infancias adulteradas. Niños presos del frío y la corrupción, la violación, el crimen. Niños hijos del hambre, sí, ¡del hambre hasta la locura! Vos nunca creíste tremendo mundo, nunca pudiste saber que existían “los otros” porque nadie te había contado que existía la desigualdad entre los hombres, la desigualdad de la vida en todas sus formas más básicas. Y no sólo la desigualdad, que sería lo que ya no tiene remedio en este mundo cooptado por el capitalismo infecto y denigrante, sino más aún la poca importancia que se les otorgaba y otorga a estos otros que son los mismos otros de siempre.

Y te duelen las manos y te duele la cabeza de sólo intentar imaginar el horror y la desesperación de aquella infancia, de verla con tus propios ojos apenas ponés un pie en la calle, porque ya tu pie no es un pie de infante. Aunque la calle sea la misma, tus ojos han mutado como tu cuerpo y tu alma; y ya no te podés seguir haciendo la tonta como si no pasara nada porque pasa, y pasa cada vez con más fuerza adentro de tu ser.



A cada indiferencia, una puñalada en tu pecho.



Y te duelen las manos porque te sacás un poco más de yema de los dedos cada vez que ves una nueva infancia de éstas. No sabés cómo hacer para canalizar tanto dolor de estómago. Hay, adentro tuyo, un detector de dolor que te retuerce las tripas cada vez que te cruzás con una infancia con hambre y frío. Los dedos se te achican cada vez más porque hay días que tus manos no dejan de entrar y salir de tu boca que actúa como un “chupa dolor” o “chupa impotencia” constante y sonante.

Y no te falta oportunidad para comentar la situación que vos sentís y ves en una mesa con gente amiga o no tanto, cuando de golpe algunos perejiles te cambian el rumbo de la conversación y la llevan al terreno de la política y recibís la última respuesta a modo de “síntesis” que da el toque de queda en tu interior: “nena, pobres siempre hubo y siempre habrá” y te cortan el rostro en seco como si vos todavía vivieras en aquella infancia de la música y los juegos y los mundos entre duendes y hadas. Entonces decidís llamarte al silencio porque entendés que “no estamos hablando evidentemente de lo mismo, porque yo lo siento y vos lo analizás” pero ni siquiera te molestás en mencionarlo y automáticamente los dedos vuelven a entrar y a salir de tu boca y bajás cada vez más la cabeza porque a medida que entra el dedo gordo entre tus labios en posición sumamente sumisa e infantil, parecería que te fueras a tragar a vos misma.

No podés entender cómo a nueve de cada diez personas les importe más la inmundicia del discurso político que en definitiva predican todo lo que nunca ejecutarán pero lo único que no dicen es el nido de cuervos que son y que esconden porque nunca hicieron o hacen más que comerse el hígado entre ellos y que a la larga se terminan infectando todos porque no dejan de supurar bilis, en vez de hablar de lo que realmente hace falta hablar. Porque ¿qué pasa con esa infancia? Yo ni siquiera hablo de un futuro o de los hombres del futuro (que es una frase muy escuchada) no no, hablo de la infancia de esos pibitos del hoy y el ahora, pero también los del ayer, que son los adolescentes-adultos que hoy están tirados por la calle tomando alcohol para calmar las penas, porque todos sabemos que el alcoholismo es una enfermedad autodestructiva que tiene su origen en los dolores de la infancia nunca resueltos.

Y por momentos te confundís y decís: ¿seré yo la única loca a la que le duele ver infancias que viven hurgando adentro de contenedores de basura? (que eso sí, contenedores no faltan, ante todo la ciudad limpia y pulcra, libre de pecados; o al menos si hay mugre, que no se note señora ¡y guay que se entere el vecino!).



Hay que hurgar entre los restos putrefactos de esta sociedad tan o más en descomposición que nuestra infancia que nace, sobrevive, resiste y muere en las calles; y hay que hurgar porque no se puede seguir viviendo entre la mugre que se esconde debajo de los muebles “para que no se vea”. Todo está a la vista, lo que falta es coraje para afrontar la posición de cada uno de nosotros como ciudadanos, y más que como ciudadanos, a mi me gusta la palabra “compañeros” (y no hablo en clave política, por favor, que no se mal interprete, YO-NO-CREO-EN-LA-POLITICA. La política es el opio de los pueblos. En la política no existe la unión porque es signo de poder y el poder sólo admite enfrentamiento, y el enfrentamiento es sinónimo de des-unión, de intereses propios, siempre de intereses propios. Espero que se me entienda).

Yo creo en la unión fraternal, creo en ayudar de boca en boca, creo en poder tirarle una soga al que tenés al alcance de tus manos ¿Que así no voy a solucionar la pobreza? No importa, al menos no voy a hacer lo que hacen tus políticos, que prometen castillos en el aire, porque yo voy a darle amor a un niño con palabras y afecto y sin duda con comida, que es lo que más les falta. A mi no me sobra la comida, pero me sobra el dolor y entonces prefiero comer una porción menos pero ganarme una sonrisa de un corazón contento por una panza llena. Y si cada uno de nosotros hiciera esto con sólo un niño sin infancia, puedo asegurar que sí combatiríamos la infancia putrefacta, la infancia dolorosa de las puntadas sin hilos, de los “nene no tengo na monedita (despectivamente)”, la infancia del para qué voy a ir al colegio si después no me van a dar laburo; la infancia más básica del cómo ir al colegio y no quedarse dormidos mirando a la seño si no tengo ni un pedazo de pan en el estómago, que las monedas que saqué ayer lavando vidrios de autos se las tuve que dar a papá para que se compre vino porque si no me molía a palos, a mí y a todos mis hermanitos, y ahora bien alcoholizado no me va a pegar pero no va a dejar de divertirse con mi infancia en la cama. Mi infancia, sí, porque a pesar de todo y contra todo destino, esa también seguirá siendo una infancia que llevarán en sus sangres hasta el día que una bala o una riña les saque la infancia del cuerpo.

¿Y por qué yo o vos, si de esto se tiene que encargar el Estado? Y bueno, porque el Estado o tu Estado sencillamente no se encarga. A tu Estado no le importa y a los que reptan para llegar a gobernar tu Estado menos que menos les importa, una vez finalizadas las campañas políticas. Por lo menos, de esta manera, podemos enseñarles a ellos, a los gobernantes, que nosotros sí podemos ayudarnos entre nosotros y que ellos se dediquen a seguir robando tranquilos, que es lo único que saben hacer a la perfección. La vida es un boomerang y si no les vuelve en ésta, les volverá en la próxima. Allá a ellos y sus manejos sucios. Nosotros no estamos para actuar sobre la sordera y la ceguera de los que dicen que nos gobiernan, estamos para actuar en los detalles. No olvidemos que de infinitos pequeños trazos está hecho un enorme cuadro.



¿Es que no se envenena el mundo si también nosotros hacemos “como si no sucediera nada”? Se envenena y envejece, decrece, cae en los intersticios de la infamia, del dolor, del odio y el egoísmo de unos por otros.



Sin duda que hay un retorno. Siempre hay un retorno. Pero hoy mi retorno es a conciencia, hoy mi retorno es para que me escuchen los papás de los niños que tuvieron una infancia parecida, mejor o igual que la mía y no nieguen la infancia de los otros que no la tienen para que, de esta manera, esto ayude también a sus niños a incluir a los otros niños para empezar a construir una sociedad sin mugre escondida debajo de las mesas, que no existe la honestidad si miramos para abajo o si cerramos los ojos y pensamos que porque a mí no me tocó, no pasa. Hoy el retorno a mi infancia feliz me ayuda a comprender que existen otras infancias no tan felices y me pone en el compromiso, desde mi infancia, de lograr que todos los niño de este mundo entiendan que existe el amor fraternal e incondicional en un lugar muy profundo de cada uno de nosotros, que no todo es guerra o lucha de poderes en el mundo, que no todo es violencia-violaciones-criminalidad-alcohol-drogas. Que se puede recuperar la infancia si miramos hacia adentro, no importa cuán tarde crean que sea, nunca lo es, nunca es tarde para hurguetear en las entrañas de nuestros corazones, porque es ahí donde encontramos una lucecita de stop que titila y nos avisa que: “aquí sí sigue existiendo el niño que te merecés o que te merecías y te quitaron o que te merecerás ser en un futuro”

Y pedilo a gritos, no se te ocurra resignarte a no tener tu infancia, porque es tu derecho y porque es lo que el día de mañana te convertirá en un hombre de sentimientos honestos, de actos concientes y de libertad de elección asegurada.


Eva Wendel

lunes, 25 de abril de 2011

En mi Gruta Mágica

Dícese de aquellos tesoros enterrados desde el origen de tu tiempo:
tu propia sabiduría guardada en las profundas cavernas de tu pasado ancestral.

Dícese de aquel lugar que sólo recordarás en sueños, porque en sueños es libre tu alma para llegar a donde desees.

Dícese de un Rito Sagrado que se inicia encendiendo un gigantesco incienso vibrando frente a la mágica piedra de cuarzo entre rosada y verde.

Dícese de unos pequeños amuletos que recibirás de aquellos tiempos. Ellos te protegerán del mal; serán tus asistentes espiritules y guías en cada momento.

Dícese de la peregrinación hacia tu sabiduría ancestral.

Dícese de tu misión terrenal de cuidar y amar a otros seres como a tí mismo.

Dícese de tu servicio en pos de la humanidad, la mortalidad y conforme a la humildad.

Dícese de la búsqueda de la luz que se filtrará por cada rincón de tu cuerpo, de tu corazón y de tu alma.

Dícese del poder de la sanación de todos tus cuerpos.

Dícese de tu servicio y tu reflexión profunda.

Dícese que algún día, en algún lejano sueño, podrás verte las manos y entonces comprenderás que ya ha empezado "tu verdadero sueño": podrás dirigir tus intenciones al Eterno al tiempo que sentirás cómo tus líneas corpóreas se funden con la unidad del Universo.

domingo, 24 de abril de 2011

Del Don del Silencio

Me han contado…

Que en otro tiempo fuiste Dios de Dioses y que de tus simientes hacías fluir la palabra.
Que por tus ramificaciones has podido atravesar la epidermis del tiempo.
Que no has reaccionado frente a ningún siniestro y que siempre has esperado, atento.

He comprendido…

Que hasta que no te tuve presente no había podido entenderlos.
Ellos me hablaban de las palabras que para mi mente sólo eran silencios.
Me he acercado a tus entrañas, desde donde pude prenderme de tu anillo de vida y muerte.
Pude observar desde un vórtice que en el centro guardabas la memoria intacta de tus días funestos.
Desde la distancia, los colores empezaban a confundirse, si se era rojo o naranja, si se convertían en azulados grises. Si pasaban los días agónicos o si sólo eran espejismos siniestros.

Has de saber…

Que ya no hay espacio ni tampoco tiempo.
Que sólo guardo tu imagen, que la recuerdo de un recuerdo que fue en un principio otro recuerdo.
Que te he pintado en un sueño que no ha sido mío sino del Universo.
Finalmente, que quise inventarte palabras para definir tu porte, tu estigma y tu sentimiento. Ninguna se me ha caído del cerebro.
Pero has de saber que no existieron, en un primer momento, ni las palabras ni los dadores de ellas, tú has sido el que ha sobrevivido a la vibración del sonido que, por tu espíritu luminoso, creó al Universo.
Eres Padre y eres Sabiduría: cargas en tus raíces con el Don del Silencio.

martes, 10 de noviembre de 2009

Sueño, que descalza, una mujer

Al maremágnum de las sombras, volví. El espacio vacío, cuatro paredes y una puerta enrejada me someten. Busco la luz del sol o de la luna, ya no recuerdo, que se cuela por una pequeña ventana, también enrejada. Estoy herméticamente apartada. Pero es que sueño que soy una mujer que está descalza, sucia y dolorida en una habitación de cuatro paredes pintadas de blanco, y una puerta, y una ventana pequeña, herméticamente enrejadas. Y esta mujer busca la luz del sol o de la luna, ya no recuerda, que se cuela por esa pequeña ventana. Está silenciosamente apartada. Pero es que esta mujer estuvo soñando que era otra mujer que estaba descalza, sucia, dolorida y golpeada, encerrada entre cuatro paredes manchadas de blancos, grises y negros, y una pequeña puerta, y una pequeñísima ventana, herméticamente enrejadas. Y esta mujerzuela buscaba la ínfima luz del sol o de la luna, ya no recordaba, que se colaba por esa pequeñísima ventana. Estaba secretamente apartada. Pero es que esta otra mujerzuela hubo estado soñando que soñaba ser una mariposa, que estaba limpia, pura y brillante, volando libremente por un bosque de verdes, amarillos, naranjas y pardos. Y esta mariposa hubo estado buscando la luz del sol, ya la hubo recordado, que se hubo colado por cada cúmulo de montes, prados, árboles platinados, ramas enredadas, hojas betunadas, flores de todas las especies. Esta mariposa hubo estado misteriosamente apartada.
Olvidada, yo, entumecida, la mujer, perseguida, la mujerzuela, buscada, la mariposa, soñé que soñaba que había soñado que hubo estado soñando que volaba, que libre, que cielo azul, ríos misteriosos, rayos de luna, corrían e iluminaban. La sombra, que armada de negros y blancos, que en medio de aquella noche y de aquellos ríos entrelazados, de brazos afluentes, de corrientes calmas, de tenues manchas blancas que clareaban las aguas, recorrían, mis manos, dedos, la mujer, uñas, la mujerzuela, movimientos, la mariposa. Pero la noche, sin la luna, en las sombras, entre los montes, buscando a la perdiz, la encontraron, la ataron, la tironearon sus perros, la golpearon, la violaron. Perdida la mariposa, la persiguieron las sombras de noche, de día, sin luna, sin sol, sin estrellas, sin más nada luminoso que la guiara. La madrugada, nublada, lluviosa, volvía y llegaba el alba, pero las sombras, los pastos oxidados, la sangre, torrentes de coágulos, los hombres, los perros y salvada la perdiz, la revolcaron y la maniataron hasta cortarle las muñecas. La llevaron al pueblo, la animaron con plumas, concheros, billeteras, dólares y joyas. Y las noches, las luces multicolores, las habitaciones pintadas de blancos o blancos, grises y negros, o de cegados verdes, amarillos, naranjas o pardos. Y los dolores de todo el cuerpo, descalza, sucia, dolorida, aún veía la luz que se colaba por las pequeñas ventanas, enrejadas. Y el sueño, interminable, que soy alguien que corre y corre, que me persiguen y luego me escondo, y luego dejan de buscarme, porque ya nada importa, porque ya me han olvidado, porque ya soy nadie.

domingo, 8 de noviembre de 2009

La historia del que nada

Un pez que nada, nada y nada. Este pez que todo nada, olvida que nada; y porque olvida, nada. Esta es la historia de un pez que nada en medio de un cardumen de colectivo olvido, que nadan en sentido de corrientes que llevan hacia desembocaduras de arroyos calmos, pero no saben que desembocan porque mientras se dirigen olvidan que se dirigen y que cuando desembocaron ya han olvidado que lo han hecho y entonces cuando están en medio del arroyo, han olvidado que han nadado por horas o por meses o por siglos, porque el tiempo es tan pasajero como las aguas de aquel río que recorren y que ahora han dejado de correr porque ya no es río, sino arroyo. Y ahora estos peces han quedado varados y dispersos en medio de aguas calmas. Y se dispersan sin recordar por qué han estado juntos. Y un niño que está jugando en la orilla se conmociona por la pintura multicolor que estos peces reflejan y le dice a su papá: mirá papá, mirá cuántos peces, yo quiero uno. Y entonces el papá toma su caña de pescar y le pregunta a su hijo cuál de todos prefiere. Y el niño responde, el de color verde, ese que va por allá nadando solo. Y el padre pone la carnada en el anzuelo y hace un movimiento desestructurador para su cuerpo, con el fin de llegar con la tanza lo más lejos posible. Y el niño sonríe expectante, y el padre se ríe por el calambre que le produjo aquel movimiento. Ahora esperan que el pez verde pique. El pez de esta historia que nada, nada y nada. Y de repente se enfrenta a la carnada y no sabe por qué se acerca, tal vez porque en aquellos minúsculos movimientos de la lombriz atrapada, encuentra la razón de la sin razón de su historia. Y se acerca, y nada, y nada; y la lombriz se mueve cada vez más rápido, como si presintiera el ataque frontal; pero el pez sólo nada y olvida que nada, y que la lombriz es su presa y que la presa no es más que un movimiento que lo encandila. Y ahora está a punto de abrir su boca para tragarla, y la lombriz se anuda como reacción de defensa frente a la inevitable bocanada. Y el pez olvida que abre la boca, pero segundos más tarde deja de nadar. Y se convierte en pez de pecera. Y nada sin recordar que ha sido pez de río, nada de un lugar a otro y vuelve al lugar, pero el lugar es siempre uno distinto, porque el pez olvida que ha nadado ese tramo una y otra vez. Y ahora es acechado por un gato negro que nada teme al peligro de ser regañado por su dueño que domina a la perfección por haberse adueñado de cada rincón de la casa el día que fue rescatado de una jauría de perros asesinos. El pez se siente encandilado por los dos faroles verdes que van de un lado a otro, nada le recuerda a nada, pero el instante de la luz que aparece y desaparece, lo hace sentir vivo tan sólo por ese segundo que olvida que nada, y nada, y nada.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Tres mujeres y un chacal

Todo lo que sabemos es que fue real. En principio no podemos saber si esta historia tendrá un final de esos que cierran a la perfección, tampoco podemos saber si, en detalle, la enumeración de todos los hechos conduce a los fines alcanzados. No tenemos acabada certeza de que esta historia interese, lo que sí sabemos es que nos esmeramos muchísimo por sacar a la luz los secretos más ocultos de este enredo de mujeres, ya no podíamos seguir haciendo “como si” no existieran. Es propio de nuestra cultura evadir situaciones, callar pasiones; si son propias, con animosidad introspectiva, y si son ajenas, con chantaje previo. Es muy difícil saber cuál es la verdadera verdad, incluso el más mínimo detalle puede trastocarla, revertirla y aun convertirla en completa falacia. Por tanto, hemos estado trabajando mucho sobre esta historia, en principio real, y nos detendremos en aquellos detalles que nos ayudarán, entre todos, a develar el misterio.

Lo que tenemos a nuestro alcance es, en primera instancia, una carta de la que, a primera vista, parecía ser la sospechosa del crimen y posterior suicida. Mostramos la evidencia:

Hoy es mi último día, tengo la sensación de que nada cambiará con el correr de los días. Por eso me resigno a seguir dilatando la vaga esperanza que podría cambiar mi historia. He tenido que serle completamente sincera las últimas sesiones, le he hecho saber (más de una vez) que no puedo esperar sus indecisiones. Me siento aterrada por lo que mis manos alcanzarán a hacer, pero creo ciegamente en mi propósito. Ya no puedo seguir respetando a nadie. ¿Qué es el respeto más que una situación detestable en la que siempre el Otro sale bien parado? El respeto me llena de silencios, y debo ser clara si quiero seguir respetándome a mí misma. Estoy harta de ser respetuosa, de ser cordial, de ser amigable, de ser hija, de ser mujer, de ser madre, de ser amante. Mis “bastas” ya no pueden seguir siendo “bueno, espero”. Llegaré como todos los miércoles, sé que el portero a esa hora ya estará partiendo. Esperaré en la esquina y me aseguraré de que el mismo se haya retirado. Después tocaré el timbre, sólo a esas horas él aguarda “ansioso” mi visita. No voy a dejar que se entregue a mis brazos con su afectuoso saludo de profesional tramposo, le haré saber que desde ese momento mando yo y que sus minutos están contados. No sé cómo haré para soportar verlo rendido, creo que su delirio de superioridad lo hará ver omnipotente y entonces sé que mi furia acabará por dejar de tenerle aprecio y el odio me arrebatará los pensamientos más humanos. Estoy decidida, sólo me queda aguardar unas horas, las más terribles de mi vida. Luego, sucederá lo previsible, será perfecto, porque nadie podrá juzgar a una muerta.
Laura Petraca

Esta carta fue encontrada por el hijo de Laura cuando éste entró a su casa el miércoles por la tarde. Y aquí empiezan los desvaríos, ya que Laura tenía turno con su analista a las 20.30 hs y Juan, el hijo de Laura, encontró a su madre electrocutada en la bañera a las 19 hs, cuando éste terminaba su turno de trabajo y había pensado en saludar a su madre antes de entregar el taxi a su patrón a las 19.30 hs. La carta se encontraba sobre el espejo del baño pegada con un imán. Al parecer Laura no podría haber cometido el crimen.

Pero entonces ¿hubo crimen? Por supuesto, de lo contrario no estaríamos relatando este extraño caso. Vamos por el segundo elemento: el contestador telefónico.
Parece que Carlos, el analista, esperaba a su paciente a las 20.30 hs y al cabo de media hora, o sea a las 21 hs, tomó su teléfono personal y discó el número de Laura. Por lo general, los psicólogos no tienden a reaccionar de esta manera cuando un paciente los olvida y también por lo general esto les resulta muy beneficioso para sus descargas posteriores del tipo: “porque cuando un paciente no respeta a su analista significa que…” o “porque cuando uno va por la vida olvidándose de sus obligaciones significa que…” y así machacan al paciente hasta el cansancio para lograr dos objetivos contundentes: el primero de ellos que nunca más falte sin avisar de lo contrario no podrá contar más con su ayuda, y el segundo, demostrar que ellos “nunca” se olvidan de nada; pero Carlos, que parecía ser un analista fuera de lo común y por demás de impaciente, no dudó en llamar a su paciente, tal vez por una desesperada ansiedad, tal vez porque tuviera otras intenciones, tal vez porque estaba dispuesto a decirle que no quería seguir atendiéndola ya que estaba sufriendo con sus pedidos, tal vez, infinitos “tal veces”. Lo cierto fue que la evidencia quedó en el contestador del móvil de Laura, que dos días más tarde, la policía corroboró. Por tanto, Laura no puede haber sido la asesina de Carlos ya que Carlos llamó a Laura una vez que Laura ya estaba muerta. Su hijo Juan habría llamado a la policía tipo 20 hs y la policía –como es sabido- llegó como 45 minutos después. Pero así y todo el reloj no marcaba las nueve. Y el mensaje del celular guardaba la siguiente información:
- Hola, Laura… soy Carlos. Ehhh (suspiro) odio hablar con estos aparatos. Bueno, ehhh, ¡¡qué pasa que no atendés!! Teníamos una cita a las ocho y media y son más de las nueve. (silencio de cuatro segundos). Laura, ¿podés avisarme la próxima vez que vayas a faltar? Todavía sigo siendo tu analista, ¿sabés? Quería decirte…. Ehhh, necesitaba hablar con vos sobre… Uff, qué difícil es hablar por acá Laura…bueno, llamame. (piiiiiiiiipppp – fin del mensaje)

Creo que esta comunicación nos pone un paso adelante en la investigación. Ahora sabemos que Laura no es la asesina material del crimen de Carlos y que Carlos debía decirle algo a Laura que no se animaba a confesar por teléfono. Pero aún no sabemos qué pasó con Carlos, es decir, quién lo asesino. Veamos cómo siguen los hechos.
Carlos cortó la comunicación telefónica y al parecer, según los peritos, entre las 21.15 y las 21.30 hs fue cometido el crimen; lo que nos hace suponer que, o bien la carta de Laura ha sido una trampa para alcanzar su crimen perfecto, y cuando nos referimos a perfecto estamos diciendo que Laura contrató a un chacal para llevar adelante su trampa y que los entrampados hayamos sido nosotros en creer que Laura no ha sido pero tampoco ha sido un tercero (esta tentativa sospecha es la que más nos alienta a seguir con al causa, ya que sabemos que las mujeres son demasiado astutas y prevén hasta el último detalle, pero, como dice el refrán, al mejor cazador se le escapa la liebre y no existe, de esta manera, el crimen perfecto) o bien, alguien más tenía motivos suficientes para asesinar a Carlos. Las siguientes sospechas recaen sobre la mujer de Carlos.

Dos pruebas nos llevan a pensar a Beatriz como la posible asesina. La primera es un cuaderno de anotaciones que Carlos tenía en su consultorio. Parece que Beatriz solía visitar a Carlos todos los lunes, miércoles y viernes, a la salida de su clase de Pilates, y también parece –si tenemos en cuenta que las mujeres son avezadas en revisar todo tipo de objetos que guarden notas, apuntes, números telefónicos y demás yerbas de los hombres a los que están ligados afectivamente de alguna manera u otra- que Beatriz podría haber encontrado dos posibles apuntes de Carlos. El primero tenía que ver con ella, su infancia, su vida, su relación con él, su obsesividad por la naturaleza muerta, y demás apuntes que más tarde transcribiremos en detalle (si es que al lector le resulta de poca importancia este suceso, en nuestra opinión es capital); y el segundo tenía que ver con una tal Claudia, al parecer una amante, ya que sus apuntes eran desmedidos y por demás de literales, del tipo: “Hoy: encuentro con Claudia después de hora…” o “Hoy: estoy dispuesto a decirle a Beatriz que no soporto más dormir con ella, Claudia está consumiéndome en pasión” y un poco más adelante, unos días antes de su muerte, una nota también extraña que decía: “Miércoles 10: cómo haré para frenar el delirio de Laura”. Posiblemente todas estas notas sean la clave para descubrir a una mujer al límite, desbordada de odio, de rencor, causado por el reverendo amor incondicional, amor de llegar a casa todos los días cansada y hacer la mejor comida para su marido, amor de levantarse todos los días de buen humor sólo por el hecho de sentirse acompañada, amor por pensar que la vida la llenaba de felicidad al haber encontrado un hombre sin igual, amor por no sentirse nunca más sola, amor que tras algunos datos como los anteriores, pero precisamente por el de: “no soporto más dormir con ella” podrían haber sido el punto capital para convertir todo el puto amor en terrible dolor, y acto seguido, odio. Pero teniendo en cuenta que nos falta todavía dar otro detalle capital (que hace unos momentos advertimos a nuestro lector) procedemos a transcribir las notas del analista acerca de la historia de su mujer.

Notas diarias. Hoy me falló Claudia. Estoy cansado de esperarla, tengo bronca pero no voy a dejarme vencer por esta furia. Voy a hablar de Beatriz. Mi chiquita. La conocí a los catorce años, éramos unos pibes, y no teníamos idea de la vida. Beatriz estaba furiosa porque su padre no la dejaba dormir con ellos (con sus padres). Estaba muy enojada con su madre a la cual despreciaba constantemente, lo único que hacía era hablar de su padre, de lo intranquila que se sentía cuando no volvía por las noches a casa, de las horas en que ella lo esperaba detrás de la puerta de su casa, y él llegaba siempre tarde, a veces a la madrugada, y ella lloraba porque él traía en su ropa olor a vino y a tabaco. Recuerdo que estas cosas me contaba Beatriz mientras me metía sus pequeñas manos debajo de mi pulóver y me decía que ella quería acostarse conmigo, que no le importaba su padre, que ya no lo esperaría más. Y entonces un día de esos, yo como un pelotudo me las creía todas, no aguantaba más los deseos de hacerla mía y la terminé dejando embarazada. Qué años esos… Cuánto bochorno causé en mi familia, mi mamá estaba desahuciada, mi viejo me odiaba y los padres de Beatriz no podían creerlo. Beatriz estaba feliz, le refregaba a su padre en la cara lo que ella había obtenido por la pérdida de su falo (creo que al darme cuenta de tremenda situación, cursando el segundo año de la carrera, supuse que iba a ser un psicólogo de puta madre) y mi madre, nunca pude entender tremenda resignación, mi madre nunca quiso perderme, tal vez todo lo que hice en mi vida fue para tratar de zafar de sus garras pero al día de hoy pienso que no habrá jamás mujer como ella. Beatriz (o mi Electra) mujer fatal, audaz, intrépida, a veces desmedidamente zorra, me colmó de sentimientos hermosos y me dio la satisfacción más grande, mi hijo Juan Pablo, pero me negó un futuro propio, me atrapó tal cual mi madre y creo que por eso se detestaban tanto, mi madre nunca soportó a Beatriz. Y luego vinieron los celos, malditos y detestables celos que me perseguían por todas partes, no sabía cómo hacer para hacerle entender a Beatriz que yo no me fijaba en nadie más que en ella, pero ella siempre tuvo miedo de perder su nuevo falo, su falo virginal, y nunca me trató como a un marido, siempre quiso ser mi hija o que yo fuera su padre o ella actuando como mi madre o yo como su hijo. ¡Dios, qué embrollo mi vida!

Creo que hasta acá estamos más que convencidos de algo: Beatriz es un peligro en potencia, y si bien hasta que no se demuestre lo contrario es inocente, está en nuestra mira como la principal, potencial y radical sospechosísima. Un ser terriblemente patológico. Pero hete aquí el gran problema; nos acaban de informar que Beatriz, el día del crimen, estaba en Venado Tuerto, visitando a una vieja amiga de sus años universitarios, la otra la había llamado hacía una semana, y como hacía más de tres años que no se veían, aprovechó la llamada y la ocasión de la invitación a su cumpleaños para ir a saludarla. Estamos cada vez más complicados y no podemos volver a afirmar que Beatriz haya contratado a algún otro chacal para llevar a cabo su crimen perfecto y desvincularse de todas las pruebas como una señora viuda triste que llora la pérdida brutal de su esposo, porque de esta manera, más allá de que esta postura sea de una vil araña, tenemos en claro que para Beatriz el falo de Carlos es lo que más importa en su vida, su padre ha muerto hace más de cinco años y el único falo es el de su marido, por tanto no nos arriesgaríamos a pensar tal cual lo hicimos con Laura; aunque creemos que de todas formas, algo siniestro reviste esta relación conyugal.

Por último nos queda analizar los hechos desde el punto de vista de Claudia. ¿Quién era la tal Claudia? ¿Qué relación tenía con Carlos? ¿Amaba a Carlos o sólo era una mujer amante? ¿Tenía familia, marido, hijos? Claudia era una mujer divorciada, tenía tres hijos, una vida resuelta y un trabajo fructífero: vendía seguros de vida. Según los posteriores careos, Claudia habría declarado conocer a Carlos en una reunión de empresarios; Jorge, un amigo de Carlos, lo habría llevado a aquella fiesta en el año 2007 y allí se habrían conocido, Carlos habría quedado impactado por su belleza pero según las declaraciones de Jorge, Carlos había encontrado en Claudia su libertad coartada por tantos años de matrimonio insatisfecho, por sus terribles momentos de ahogo conyugal, y Claudia lo habría sacado del suicidio premeditado por años y años de desesperación. Los subsiguientes años, Carlos habría encontrado el sentido a su vida, cada vez que sentía en Claudia la paz y el despojo, la armonía y la gloria pasional, sustraída de reproches, de secuencias monótonas, de golpes bajos que le recordaban a su mujer o a su madre. Pero sucedía, según declaró más tarde Jorge, que cuando Claudia se iba sólo le quedaba a Carlos frustración, desequilibrio emocional y que vagaba horas y horas por el consultorio, su aposento refugio y nido de pasión de martes y jueves por la noche, que corría de un lugar a otro imaginándose a Claudia salir del consultorio y revolcarse con cualquier otro hombre, porque tanta libertad lo confundía, lo hacía sentir un hombre sin agallas, sin coraje para decirle cuánto la necesitaba, por qué se iba, por qué no le reprochaba nada, por qué no lo perseguía como su mujer y su paciente Laura, que estaba terriblemente encadenada a él, a sus historias que fabulaba con él, a esas historias que inventaba con tanta desesperación que la creían poseedora de su amor y sin ir más lejos con el poder suficiente para hacerle reproches por nada, por una ilusión que ella creaba y que Carlos no se animaba a destruir. Pero entonces, ¿qué es lo que podemos decir de Claudia? No tenemos certezas pero creemos que Claudia es la menos indicada para involucrarla en este hecho. Entonces, tras haber descartado varios supuestos y posibles variantes, ¿podemos llegar a pensar en un suicidio? No, definitivamente no. Sólo nos falta un detalle, tal vez el más relevante: Juan Pablo, su hijo. Su orgullo y su desprecio.
Carlos, dos meses antes de su muerte, encontró a Juan Pablo en la puerta de su casa besándose apretadamente con un muchacho. Carlos enfureció de tal modo que no volvió a dirigirle la palabra a Juan Pablo. Éste quiso hablarle, decirle lo que él había sufrido al darse cuenta de tal elección, pero Carlos se rehusó a escucharlo. Le dijo que todo el orgullo que tenía como padre se lo había metido en el culo en el momento que lo vio en la puerta con ese otro anormal. Que no le importaba un carajo ser psicólogo y entenderlo, porque no lo había educado para eso, y que había hecho todo lo posible en su vida para que su hijo no fuera como él, un maldito pollerudo, un resignado social, un cobarde; que su elección era su perdición porque un hombre siempre tiene que tener los huevos bien puestos y afrontar los sentimientos que naturalmente lo hacen hombre, y que no contara más con él como padre, que desde ese momento para él estaba muerto. Pensá que sos huérfano, le dijo, y arreglátelas como puedas, no te quiero ver más en esta casa y a tu madre ni le digas porque la vas a llevar a la tumba. Lo que Carlos no sabía era que en ese preciso instante le estaba dando a Juan Pablo la idea perfecta para cavar la tumba de su padre. Y lo que nosotros pasamos por alto es que Beatriz ya había encontrado su nuevísimo y eterno falo.
El último testimonio fue el de la viuda:
- ¡Juan Pablo!, ¡¡¡pero qué dice!!!, si mi Juampi siempre fue un niño sumiso, incapaz de matar una mosca, y además, ¡cómo se le ocurre, su Señoría, que un hijo pueda matar a su padre!

Caso cerrado.

De un personaje enamorado

No encuentro forma de mediar la proxemia de tus laberintos, si de pensarnos en comunicación, siempre un gesto queda a medio ejecutar. Reconozco cada espacio en el que nos fundimos tal cual amorfas masas, pero no puedo reconocer la zona en que nos diluimos y sin más reproches, terminamos deformándonos, que de una dispar amenaza, terminaste ganando por creerle a tus enemigos. Es un problema para mí ser dominado.
¿Qué pasará el día que no tengamos más esquemas narrativos por donde rozarnos? Sin dudas será el fin de nuestros caminos discursivos. Por el momento me alcanzan algunas actitudes paralingüísticas para seguir reconociendo en tus prosodias el sentido emotivo y estilístico que te pierde cuando de la blancura de las hojas aparecen los colores de mi rostro. Si estás triste, tu emoción se dispone a llenar los párrafos de comas azules; ahora, cuando una energía te sucumbe, no hay forma de alcanzar un punto y a parte rojo. Casi ningún estilo te define en el punto y coma gris, será que a medias astas jamás está tu carácter.
¡Qué competencia la del escritor recluido en las inmediaciones de los abismos! El sentir perderme en las mímicas de tu cuerpo para atravesar la letra ruin que me crea y me recrea, el placer inabarcable cuando has alcanzado una vivencia kinésica y luego tus interminables horas de imaginación, volando para alcanzar el fin de las palabras, que tal cual la infamia, se ocultan detrás de esquinas rosadas.
Pero ¡vamos! Seamos sinceros. Reconozcamos algunos méritos. No todo ha sido tan significante, habrá habido diez o quince palabras que desde las colinas caían y se agigantaban tal cual bolas de nieve; pero si no pudiste inventar el mejor verso fue por falta de miradas obscenas. Has aprendido a crear la imagen, incluso no haces más que capturar tu punto de vista; tu linde enemiga es la sintaxis. En algo nos igualamos, ya lo ves. Tú, un des-sintagmatizado, yo, una paradigmática fiera, que un día mujer, que otro día hombre, alguna vez mariposa, la mayoría de las veces ave de rapiña.
De lo amorfo una parte ha sido victoriosa, y ha sido tu significado. Que con las ideas has llegado lejos y me alegro por tal victoria; yo en cambio, he conseguido vivir y morir según el alance de tus obras y son todos ellos los que me habitan, me dicen cómo debo vivir, qué debo hacer, y sin dudas, esto no es más que una mirada partidista de alguno de ellos, que te hace sentir un ídolo, para luego convertirse en tu privilegiado y desvincularme de tu arte, son los mismos que te prometen nuevas narraciones, y generan la capacidad de hacerte vivir en sus ridículas emociones; pero más allá de todos esos intrusos que intentan boicotearte para que tú me olvides, no podrán borrarme nunca, incluso siento el deseo de alzar la voz aunque luego en el próximo cuento me toque la cárcel. Yo seguiré infinitamente presente en algunas de esas páginas que aún no habrás escrito, volveré a encontrarte en cada memoria que al despertar recuerdes con más intensidad, tal vez aquel dolor nos una para siempre o tal vez sea aquel laberinto recóndito en donde nos hemos encontrado un otoño revolucionario en el París más represivo y salvaje de finales de los sesenta. No habrá personaje más enemigo que tu mente, todos ellos, ¡Oh narradores infames, querrán borrarme para siempre! por eso quiero desenmascarar a estos nefasto entrometidos (omniscientes, parciales, o aún ese, mi peor enemigo, el poderoso autodiegético) que quieren acabar con nuestra historia; pero diles que se oculten cuando a mis miradas los someta, que no voy a juzgarlos con palabras sino con emociones, les haré saber qué tristezas soportarán al morir, producto de sus ateísmos, y también en qué peligros habrán sucumbido al enfrentarse a mi emoción, porque en este lujurioso enamoramiento sólo entramos dos: un escritor excéntrico y un personaje en busca de su amor.