domingo, 15 de mayo de 2011

La infancia es de todos

Sin duda hay un retorno. Siempre hay un retorno.

Pienso en aquellas tardes y en aquellos lugares de mi infancia.

Pienso en mis árboles y animales sagrados, en mis juegos, en mi disco de pasta de Pinocho.



Recuerdos o imágenes difusas pero intactas en el alma, fotos que han perdido su intensidad con el paso del tiempo, pero que no han perdido la imagen que se guarda en el centro (“compartimento estanco” diría mi viejo) de mi memoria.

Por momentos vuelve la misma felicidad y hasta llegan los sonidos agudos del “a comeeer…” de mi madre, llegan los olores de aquellas comidas sagradas de la abuela, los domingos y las siestas de los mayores para que empezaran las travesuras que compartíamos con los primos, que más que primos eran compinches, hermanos, confidentes.

Y lo más maravilloso que tenía la infancia: esa sensación y esa creencia o fe ciega de que todo estaba ahí, al alcance de nuestras manos, que más allá de tu casa, los otros amiguitos, los otros vecinos, los otros desconocidos, también eran felices como vos, también tenían sus juegos y su música, sus primos y sus abuelos y sus travesuras. Claro, porque vos no entendías de sufrimientos ni de dolores profundos; uno de tus mayores dolores debe haber sido el entierro del pajarito que mató con la gomera tu hermano y vos lo velabas y lo enterrabas con mil honores. No entendías de otro dolor, no sabías que había niños sin infancia o con infancias adulteradas. Niños presos del frío y la corrupción, la violación, el crimen. Niños hijos del hambre, sí, ¡del hambre hasta la locura! Vos nunca creíste tremendo mundo, nunca pudiste saber que existían “los otros” porque nadie te había contado que existía la desigualdad entre los hombres, la desigualdad de la vida en todas sus formas más básicas. Y no sólo la desigualdad, que sería lo que ya no tiene remedio en este mundo cooptado por el capitalismo infecto y denigrante, sino más aún la poca importancia que se les otorgaba y otorga a estos otros que son los mismos otros de siempre.

Y te duelen las manos y te duele la cabeza de sólo intentar imaginar el horror y la desesperación de aquella infancia, de verla con tus propios ojos apenas ponés un pie en la calle, porque ya tu pie no es un pie de infante. Aunque la calle sea la misma, tus ojos han mutado como tu cuerpo y tu alma; y ya no te podés seguir haciendo la tonta como si no pasara nada porque pasa, y pasa cada vez con más fuerza adentro de tu ser.



A cada indiferencia, una puñalada en tu pecho.



Y te duelen las manos porque te sacás un poco más de yema de los dedos cada vez que ves una nueva infancia de éstas. No sabés cómo hacer para canalizar tanto dolor de estómago. Hay, adentro tuyo, un detector de dolor que te retuerce las tripas cada vez que te cruzás con una infancia con hambre y frío. Los dedos se te achican cada vez más porque hay días que tus manos no dejan de entrar y salir de tu boca que actúa como un “chupa dolor” o “chupa impotencia” constante y sonante.

Y no te falta oportunidad para comentar la situación que vos sentís y ves en una mesa con gente amiga o no tanto, cuando de golpe algunos perejiles te cambian el rumbo de la conversación y la llevan al terreno de la política y recibís la última respuesta a modo de “síntesis” que da el toque de queda en tu interior: “nena, pobres siempre hubo y siempre habrá” y te cortan el rostro en seco como si vos todavía vivieras en aquella infancia de la música y los juegos y los mundos entre duendes y hadas. Entonces decidís llamarte al silencio porque entendés que “no estamos hablando evidentemente de lo mismo, porque yo lo siento y vos lo analizás” pero ni siquiera te molestás en mencionarlo y automáticamente los dedos vuelven a entrar y a salir de tu boca y bajás cada vez más la cabeza porque a medida que entra el dedo gordo entre tus labios en posición sumamente sumisa e infantil, parecería que te fueras a tragar a vos misma.

No podés entender cómo a nueve de cada diez personas les importe más la inmundicia del discurso político que en definitiva predican todo lo que nunca ejecutarán pero lo único que no dicen es el nido de cuervos que son y que esconden porque nunca hicieron o hacen más que comerse el hígado entre ellos y que a la larga se terminan infectando todos porque no dejan de supurar bilis, en vez de hablar de lo que realmente hace falta hablar. Porque ¿qué pasa con esa infancia? Yo ni siquiera hablo de un futuro o de los hombres del futuro (que es una frase muy escuchada) no no, hablo de la infancia de esos pibitos del hoy y el ahora, pero también los del ayer, que son los adolescentes-adultos que hoy están tirados por la calle tomando alcohol para calmar las penas, porque todos sabemos que el alcoholismo es una enfermedad autodestructiva que tiene su origen en los dolores de la infancia nunca resueltos.

Y por momentos te confundís y decís: ¿seré yo la única loca a la que le duele ver infancias que viven hurgando adentro de contenedores de basura? (que eso sí, contenedores no faltan, ante todo la ciudad limpia y pulcra, libre de pecados; o al menos si hay mugre, que no se note señora ¡y guay que se entere el vecino!).



Hay que hurgar entre los restos putrefactos de esta sociedad tan o más en descomposición que nuestra infancia que nace, sobrevive, resiste y muere en las calles; y hay que hurgar porque no se puede seguir viviendo entre la mugre que se esconde debajo de los muebles “para que no se vea”. Todo está a la vista, lo que falta es coraje para afrontar la posición de cada uno de nosotros como ciudadanos, y más que como ciudadanos, a mi me gusta la palabra “compañeros” (y no hablo en clave política, por favor, que no se mal interprete, YO-NO-CREO-EN-LA-POLITICA. La política es el opio de los pueblos. En la política no existe la unión porque es signo de poder y el poder sólo admite enfrentamiento, y el enfrentamiento es sinónimo de des-unión, de intereses propios, siempre de intereses propios. Espero que se me entienda).

Yo creo en la unión fraternal, creo en ayudar de boca en boca, creo en poder tirarle una soga al que tenés al alcance de tus manos ¿Que así no voy a solucionar la pobreza? No importa, al menos no voy a hacer lo que hacen tus políticos, que prometen castillos en el aire, porque yo voy a darle amor a un niño con palabras y afecto y sin duda con comida, que es lo que más les falta. A mi no me sobra la comida, pero me sobra el dolor y entonces prefiero comer una porción menos pero ganarme una sonrisa de un corazón contento por una panza llena. Y si cada uno de nosotros hiciera esto con sólo un niño sin infancia, puedo asegurar que sí combatiríamos la infancia putrefacta, la infancia dolorosa de las puntadas sin hilos, de los “nene no tengo na monedita (despectivamente)”, la infancia del para qué voy a ir al colegio si después no me van a dar laburo; la infancia más básica del cómo ir al colegio y no quedarse dormidos mirando a la seño si no tengo ni un pedazo de pan en el estómago, que las monedas que saqué ayer lavando vidrios de autos se las tuve que dar a papá para que se compre vino porque si no me molía a palos, a mí y a todos mis hermanitos, y ahora bien alcoholizado no me va a pegar pero no va a dejar de divertirse con mi infancia en la cama. Mi infancia, sí, porque a pesar de todo y contra todo destino, esa también seguirá siendo una infancia que llevarán en sus sangres hasta el día que una bala o una riña les saque la infancia del cuerpo.

¿Y por qué yo o vos, si de esto se tiene que encargar el Estado? Y bueno, porque el Estado o tu Estado sencillamente no se encarga. A tu Estado no le importa y a los que reptan para llegar a gobernar tu Estado menos que menos les importa, una vez finalizadas las campañas políticas. Por lo menos, de esta manera, podemos enseñarles a ellos, a los gobernantes, que nosotros sí podemos ayudarnos entre nosotros y que ellos se dediquen a seguir robando tranquilos, que es lo único que saben hacer a la perfección. La vida es un boomerang y si no les vuelve en ésta, les volverá en la próxima. Allá a ellos y sus manejos sucios. Nosotros no estamos para actuar sobre la sordera y la ceguera de los que dicen que nos gobiernan, estamos para actuar en los detalles. No olvidemos que de infinitos pequeños trazos está hecho un enorme cuadro.



¿Es que no se envenena el mundo si también nosotros hacemos “como si no sucediera nada”? Se envenena y envejece, decrece, cae en los intersticios de la infamia, del dolor, del odio y el egoísmo de unos por otros.



Sin duda que hay un retorno. Siempre hay un retorno. Pero hoy mi retorno es a conciencia, hoy mi retorno es para que me escuchen los papás de los niños que tuvieron una infancia parecida, mejor o igual que la mía y no nieguen la infancia de los otros que no la tienen para que, de esta manera, esto ayude también a sus niños a incluir a los otros niños para empezar a construir una sociedad sin mugre escondida debajo de las mesas, que no existe la honestidad si miramos para abajo o si cerramos los ojos y pensamos que porque a mí no me tocó, no pasa. Hoy el retorno a mi infancia feliz me ayuda a comprender que existen otras infancias no tan felices y me pone en el compromiso, desde mi infancia, de lograr que todos los niño de este mundo entiendan que existe el amor fraternal e incondicional en un lugar muy profundo de cada uno de nosotros, que no todo es guerra o lucha de poderes en el mundo, que no todo es violencia-violaciones-criminalidad-alcohol-drogas. Que se puede recuperar la infancia si miramos hacia adentro, no importa cuán tarde crean que sea, nunca lo es, nunca es tarde para hurguetear en las entrañas de nuestros corazones, porque es ahí donde encontramos una lucecita de stop que titila y nos avisa que: “aquí sí sigue existiendo el niño que te merecés o que te merecías y te quitaron o que te merecerás ser en un futuro”

Y pedilo a gritos, no se te ocurra resignarte a no tener tu infancia, porque es tu derecho y porque es lo que el día de mañana te convertirá en un hombre de sentimientos honestos, de actos concientes y de libertad de elección asegurada.


Eva Wendel